Las religiones organizadas tienden a parecer clubes que castigan a quienes no piensan como ellos. Tenían bastante influencia en tiempos del Santo Oficio; ahora, gracias a Dios, las sociedades occidentales son más laicas y el desdoro social de ser un ateo, un descreído o un creyente en otra religión no pesa, afortunadamente.
La fe no es obligatoria, de la misma manera que no resulta fácil, digan lo que digan las curias que en el mundo son. Dios no es como el de la biblia, que elige a un pueblo y castiga a todos los demás por no creer en él ni hacerse la circuncisión (de todo esto quiero escribir en un momento dado). En la Biblia se dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el dios reflejado está hecho a imagen y semejanza del hombre en el momento en que el libro fue escrito. La humanidad (menos mal) ha evolucionado.
No, Dios no te va a castigar por no creer. Ni por creer en lo que quieras. En realidad, prefiere que recemos menos a cambio de ser más amables con nuestros prójimos. Todos los días. De eso va.
La fe es una gracia concedida. Creer que existe es, en sí mismo, un acto de fe. No es obligatoria. No es segura. Se da o no. A veces se da y no se ve a simple vista. Si la tienes, es como el color de tus ojos: una característica tuya. Punto. No te exime de tus obligaciones terrenales. No te hace mejor que a tus semejantes. Es algo tan personal tuyo como practicar el sexo: te gusta hacerlo, pero a tus vecinos no les interesa ni tu fe, ni el sexo que puedas practicar. Sé que suena drástico, pero es lo más parecido, por privado y satisfactorio.